El misterio

del rey triste

Alinda Nuñez y Gabriela Onetto

   

En un país muy lejano, vivía un rey muy triste que solía pasar las tardes de lluvia recostado en una mecedora mágica. A medida que se hamacaba suavemente-al ritmo de los latidos de su corazón-, desfilaban por la habitación imágenes de lo que hubiera podido ser su vida de no tener que cumplir con las responsabilidades de rey desde muy joven. En la ensoñación, se veía a sí mismo como un guerrero indómito, un mago concentrado en sus descubrimientos, un bufón libre de reírse y bailar el día entero, un cazador orgulloso de sus proezas, un juglar que viajaba de pueblo en pueblo conquistando muchachas. "Tan sólo soy un rey", decía apesadumbrado. Luego cerraba los ojos y ordenaba a los músicos del palacio que interpretaran la más triste melodía de su repertorio.

Llegó un día en que su tristeza y melancolía fueron tan hondas que el Rey enfermó gravemente. La única que conseguía aliviarlo en su pesar era la princesa Ivana, su hija de 15 años, quien le leía cuentos que endulzaban su corazón taciturno; sin embargo, el soberano no conseguía curarse de su mal. La Reina Sybila, su mujer, convocó entonces a todos los médicos, magos y brujas de la comarca, y puesto que hacía tres meses que no paraba de llover, todos llegaban empapados y de mal humor al viejo castillo. De hecho, todo el lugar tenía ya una nube de infortunio inexplicable.

El primero que vió al Rey fue el médico Grimboldo; con agujas y lentes gruesísimos revisó su cuerpo y su aspecto, preguntando por su dieta. Sólo manjares saludables se servían en el castillo; Grimboldo no pudo diagnosticar exactamente el mal.

Luego lo intentó la bruja Filmena, armada de potajes y hierbas mágicas que tampoco le dieron resultado. Y así, muchos especialistas del reino fallaron en encontrar la cura, pero todos coincidían en algo: la enfermedad del Rey estaba verdaderamente en su alma.

A pesar del fracaso, la Reina y su hija se animaban una a otra para no perder las esperanzas. Hicieron traer a un mago de Oriente que llegó, como todos, mojado hasta los huesos. Los caballeros de la corte comentaban que aquel mago era el mejor del mundo, y que incluso había resucitado princesas y conjurado maleficios. Sin embargo, también el mago de Oriente falló en su cometido: salió de la habitación del Rey contagiado de tristeza, sin desear otra cosa que volver a su país de origen a recluirse en sus dominios. La Reina y sus vasallos estaban desolados: mientras el Rey no lograra curar su alma, el reino seguiría a la deriva, las cosechas se malograrían, los pescadores volverían a casa con las redes vacías, los caballeros partirían sus espadas en combate, las doncellas no se casarían a causa de la pobreza de sus padres. La situación era crítica y el pesimismo no tardó en extenderse entre la gente.

La única que no se daba por vencida era la princesita Ivana. "Encontraré a alguien que ayude a mi padre",le decía a su fiel perro Copo de Nieve. "Algo me dice que no será preciso recorrer los Siete Mares en busca de un curador. Aquí, en este mismo reino, debe vivir la persona que necesitamos".

Y no se equivocaba: unos metros más allá del florido portal del palacio, vivía un misterioso viejo que ni siquiera durante las lluvias se apartaba de su lugar. Pasaba las horas entre los arbustos conversando con los bichitos y las flores de cada especie. Luego se sentaba en paz, se envolvía en una manta de bellos dibujos y se quedaba hasta el día siguiente mirando en dirección al palacio.

Cierto día, la princesita Ivana paseaba con su perro Copo de Nieve. El día estaba lindo, a pesar de las nubes; había un brillo rosado en el ambiente. Ambos corrían y saltaban, divertidos. La princesa le arrojó una varita de sauce a Copo de Nieve, quien, alborotado, fue tras ella cruzando el portal de flores. En eso, Ivana reparó en el viejo que se sentaba afuera. Ambos se miraron por largo tiempo; finalmente, el viejo le dijo: "Te estaba esperando, bella niña".

Ivana sintió cómo latía su corazón, cómo al acercarse al umbral del viejo todo perdía importancia, hasta la enfermedad de su padre; sin embargo, no entendía por qué, y eso la ponía muy nerviosa.

- Salud, anciano- dijo, sonriendo. -Soy Ivana, la princesa.

- Eso ya lo se- contestó el viejo. -Yo soy el Viejo. ¿Cómo se encuentra el Rey esta mañana?

Ivana le comentó los pormenores, y cuando hubo acabado el Viejo se paró en su bastón y le dijo: -Vayamos a verlo. El Rey se halla perdido dentro de su alma.

Cuando entraron a la habitación de la mecedora mágica, Ivana vió que su padre danzaba y reía en sus aposentos, como si fuera el peor bufón. Había olvidado que era el Rey y todo su ser pendía de un hilo. La muchacha se asustó y rompió a llorar.

-Calma, Ivana- dijo el Viejo sin perder la tranquilidad. -Debes encontrar la primera flor que nazca en primavera. Sólo su perfume podrá salvar al Rey-. Luego se sentó y cerró los ojos, dispuesto a esperar.

Partieron emisarios a todos los rincones del reino para que los súbditos vigilaran día y noche hasta que el nacimiento de la primera flor ocurriera. La Reina Sybila ofreció todos los tesoros reales a cambio del portento que curaría a su marido. Pero el reino era un caos desde que el Rey había dejado su lugar de poder; la gente hacía cualquier cosa, menos esperar el nacimiento de una flor. Los tesoros prometidos por la Reina motivaron la aparición de embaucadores, y así el castillo fue perdiendo sus riquezas a cambio de flores falsas.

Ciertamente, la situación era desalentadora para la familia real. Pero siempre sucede que, en el preciso momento en que todo parece estar perdido, surge una fuerza nueva, inesperada. Cerca de la comarca, el Hada Esmeralda-que era un hada muy joven, tan joven como la princesa Ivana- estaba contemplando el reflejo de las estrellas en el lago. De pronto, el Hada se dió cuenta de que había una estrella mucho más brillante y poderosa que las demás, y recordó que ese era el anuncio de la llegada de la primavera. Jubilosa, recogió el agua de estrellas del reflejo del lago y regó sus plantas para festejar la estación. Para su sorpresa, al amanecer todo tenía nuevos brotes; a los tres días presenció alborozada el nacimiento de la primera flor. Era una flor chica y muy pálida, con ciertos reflejos rosados. El Hada Esmeralda estaba encantada con su flor de estrellas. "Esta flor sería el adorno perfecto para mi cabello si me invitaran a un baile en el palacio", pensaba, entusiasmada.

¡No sabía nada de la enfermedad del Rey ni de la flor que precisaba para recuperarse! De otra forma, se la hubiera entregado de buena gana pues era una hada muy noble y responsable. Pero Esmeralda vivía en una región bastante desierta, y por lo general no llegaban emisarios reales a los bosques. Las cosas se estaban complicando, ciertamente.

Mientras tanto, en el castillo, el Rey continuaba su extraña metamorfosis: ahora se colgaba de las cortinas y con su cetro atacaba invisibles enemigos, dando gritos marciales tal como si se hallara en plena batalla. La Reina Sybila ya ni siquiera lloraba; sus lágrimas se habían secado de tanto sufrir por su esposo amado. Veía el reino derrumbarse, veía el saqueo constante de los arcones del tesoro por estafadores que prometían la verdadera cura, pero lo que más le retorcía el alma era la infelicidad de su Rey Triste. La princesita Ivana la consolaba con palabras alentadoras, pero adentro de su corazón sentía mucho miedo por lo que sucedía en el castillo. En vano buscaba hacer cambiar de opinión al Viejo Sabio sobre la necesidad de encontrar aquella primera flor de primavera; el Viejo le repetía una y otra vez que sólo con ese perfume el Rey se curaría.

Entonces Ivana, rendida por la situación, propuso:

-¡Ea, Madre! ¡Hagamos una fiesta en el palacio! Las cosas se están poniendo cada vez peores y tenemos que prepararnos para tiempos muy difíciles. El pueblo necesita recuperar la alegría; los nobles deberán prepararse para reorganizar el reino. Es mi Padre el que está triste, pero la vida continúa. Debemos recuperar el regocijo, el festejo por existir. De otra manera, de nada serviría la cura de nuestro Rey: estemos listos, con el mejor de los ánimos, para acompañar su vuelta al trono cuando sea que esto ocurra. Si no podemos encontrar la flor, la primera flor de primavera, pues lo intentaremos el año próximo. Y el otro, y el siguiente...Nada no puede arrebatar esa esperanza. ¡Alegrémonos, caballeros! ¡A acicalarse, damas de la corte! Tendremos una fiesta maravillosa, nos divertiremos. De esa manera, no nos doblarán los malos tiempos...

La Reina Sybila lo pensó un rato y dió su permiso. Ivana y su séquito se dispusieron a emprender la tarea inmediatamente, mientras Copo de Nieve corría, aturdido, entre cocineros y lacayos del Rey. Una emoción expectante empezó a crecer en el castillo. Los comentarios acerca de la fiesta comenzaron a trascender el portal y a conocerse en las tabernas y mercados del pueblo. Todo el mundo quería saber más; deseaban ser invitados, bailar en el palacio, ver a la Reina y a sus damas de compañía vestidas con gran pompa, saborear ricos manjares. Por un momento, el entusiasmo por la fiesta hizo que se olvidara el gran dolor del Rey, que seguía sin recordar cuál era su misión y su lugar dentro del reino: ahora mezclaba la leche del desayuno con la jarra de vino, convencido de estar creando un elixir mágico para lograr la vida eterna.

La princesa Ivana ordenó que partieran emisarios a avisar a todos los súbditos del reino. -Pero, por tratarse de una ocasión tan especial, quiero que vayan hasta los confines de la tierra. ¡Que no quede montaña, bosque ni pradera sin enterarse! Todos los habitantes tienen que tener la oportunidad de venir al baile, de regocijarse en comunión con los demás, luego de tantas penas-. Para sus adentros, Ivana pensaba: "Quizás mi Padre escuche la hermosa música del laúd y reaccione...". El Viejo, como si le leyera el pensamiento, sonreía.

Los emisarios partieron haciendo sonar sus trompetas. Montaban en caballos muy engalanados y veloces; no tardaron en cubrir todas las ciudades y pueblos distantes, pero sentían pereza de llegar hasta el corazón de los bosques y la falda de las montañas. Algunos empezaron a regresar al castillo, habiendo cumplido a medias su encomienda. Sin embargo, el Jinete Rojo, el Jinete Verde y el Jinete Amarillo se mantuvieron empecinados en cumplir la voluntad de la princesa. El Jinete Rojo cubrió todos los cerros y cadenas montañosas que cruzaban el reino de punta a punta; el Jinete Amarillo se dirigió a los desiertos y playas que bordeaban las costas.

El Jinete Verde se internó en las selvas y los bosques, cuidando de llevar la invitación hasta cualquier ser humano del que se tuviera noticia, no importa donde habitara. Así llegó hasta la casa del Hada Esmeralda; la buscó hasta encontrarla a orillas del lago e inmediatamente pensó que era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto.

El Hada Esmeralda, por su parte, creyó que se hallaba ante su propio reflejo. ¡Nunca antes había visto a un hombre vestido y rodeado únicamente por el color verde, tal como le gustaba a ella!

Podría decirse que entre los dos hubo un flechazo de amor; por supuesto que ambos callaron lo que sentían. No sabían en realidad frente a quien se encontraba cada uno.

- ¿Quién eres, caballero, que te vistes de verde como si fueras mi propio hermano?- preguntó el Hada Esmeralda, sonriendo. Se levantó y al caminar hacia el Jinete, quedó a la vista la preciosa flor que con tanto celo cultivaba.

- Soy el Jinete Verde, y te traigo un mensaje del palacio real. Estás invitada a concurrir a un baile para espantar la tristeza del Rey. Un baile maravilloso que se realizará esta misma noche, y en el cual me gustaría tener el honor de ser tu pareja, si estás de acuerdo.

El Hada Esmeralda se ruborizó; ¡por cierto que estaba de acuerdo! ¿Qué mejor compañía podría tener que el Jinete Verde, qué acontecimiento más feliz podrían anunciarle que un baile en el palacio? Feliz, no dudo ni un instante en responder afirmativamente. ¡Al fin podría lucir en su peinado la primera flor de la primavera, la flor de las estrellas que con tanto amor había cultivado!

Contó al Jinete Verde lo referente a la flor, pidiéndole su ayuda y cuidado para transportarla sin que sufriera daños. El Jinete Verde, al escucharla, lloraba de emoción: ¡la flor del Hada Esmeralda era la flor que salvaría al reino! Se lo contó todo, entre risas y lágrimas, viendo que el Hada no estaba al tanto de las funestas novedades del castillo. Ambos saltaban de alegría, y la flor parecía embellecerse frente a su júbilo. Emprendieron el retorno al castillo sin mas demora, cuidando de acomodar la linda planta mágica en un estuche de cristal para protegerla. El Hada la regó una vez más con agua de estrellas para mantenerla viva, y partieron los dos en el veloz caballo. No se detuvieron hasta divisar el portal de las flores que marcaba la entrada del castillo.

Cuando el Hada Esmeralda entró a la habitación del Rey con su preciosa carga, una emoción enorme la embargó pues vió a su maestro, el Viejo Sabio, sentado a los pies de la cama del soberano que dormía. Ambos se abrazaron y se contaron la vida entera. La princesita Ivana entró corriendo al aposento, feliz ante la buena nueva de que la primera flor de la primavera había venido de la mano de un Hada. Abrieron el estuche de cristal y el Hada Esmeralda, luego de una profunda reverencia, cortó la flor que curaría al Rey, no sin antes agradecerle la felicidad que le había proporcionado. En cuanto el Rey aspiró el perfume maravilloso de la flor, abrió los ojos y se incorporó en el lecho; enseguida sonrió y mandó a que le prepararan el baño. Todos los presentes estallaron en gritos de alegría. La Reina Sybila llegó del cuarto vecino,ante la algarabía, y no cabía en sí de la sorpresa de encontrar al Rey Triste de pie y conversando animadamente. Lo abrazó, dándole gracias al cielo por el milagro de la cura.

La noticia se extendió rápidamente a todos los confines del reino. ¡El Rey se había recuperado y todo volvería a la normalidad! Los súbditos festejaban llenos de esperanza y repartian flores de sus propios jardines para que nadie llegara con las manos vacías al palacio. Semejante clima de alegría desde las primeras horas de la tarde puede hacer suponer que el baile de aquella noche en el palacio fue verdaderamente memorable.

Mas que eso: fue magnífico, fue el mejor baile que jamás se haya celebrado en ningún cuento. La mecedora del Rey fue convertida en leña y desde ese momento, el soberano sólo aceptó sentarse en el dorado trono, como le correspondía desde siempre. La Reina Sybila se sentó a su lado y, con el amor y la sabiduría de su hija, la princesita Ivana, supieron que estaban listos para gobernar hasta que las canas blanquearan la totalidad de sus cabellos. Ivana festejaba, radiante, y pidió a su padre que el Viejo Sabio y el Hada Esmeralda permanecieran en la corte con funciones importantes, dados sus conocimientos. El Rey, por supuesto, ni siquiera lo pensó un instante, para gran contento del Jinete Verde.

Fue así como, recordando el poder curador de la alegría, incluso en las épocas más tristes, vivieron felices para siempre.

   
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